top of page

Errores comunes antes de presentarse a una licitación (y cómo evitarlos)

Foto del escritor: Sefy Ltda
Sefy Ltda
20 feb
4 min de lectura

Nadie le avisó a Claudia que el verdadero riesgo de una licitación no empezaba cuando ganaba, sino mucho antes. Empezaba en el momento exacto en que decidía participar. En ese momento, Claudia estaba evaluando una licitación privada para prestar servicios de consultoría tecnológica a una empresa del sector energético. El proyecto implicaba coordinar equipos multidisciplinarios, cumplir con entregables exigentes y operar bajo plazos estrictos durante varios meses. Era, sin duda, uno de los contratos más grandes que su firma había evaluado hasta entonces.


Al principio, las licitaciones le parecían una oportunidad lógica: contratos grandes, clientes sólidos, estabilidad a largo plazo. Todo lo que una empresa en crecimiento busca. Pero también eran escenarios nuevos, con reglas distintas a las de sus clientes habituales. Pliegos extensos, condiciones que no siempre se negociaban y compromisos que, una vez asumidos, no admitían marcha atrás.


Claudia hizo lo que hacen muchas empresas responsables: leyó, preguntó, comparó. Aun así, había decisiones que se tomaban casi en automático. Presentar una oferta sin estar completamente segura de poder sostenerla. Confiar en que “ya veremos cómo lo resolvemos” si el proyecto crecía más de lo esperado. Asumir que los anticipos eran solo una ayuda de caja y no una responsabilidad vigilada. Pensar que los riesgos más grandes solo aparecían si algo salía muy mal.



Pero, la conversación con SEFY cambió ese enfoque. Por primera vez entendió que, antes incluso de firmar un contrato, ya estaba comprometiendo su empresa. Que retirarse de una licitación después de haber presentado una oferta no era solo “perder una oportunidad”, sino asumir consecuencias reales. Que prometer cumplimiento sin tener completamente mapeada la capacidad financiera, operativa y humana podía convertirse en un problema difícil de revertir. Y que el crecimiento, cuando no se planea con cuidado, suele cobrar factura en los lugares menos evidentes.


También apareció un tema incómodo, pero necesario; el manejo del dinero que no es propiamente suyo. Los anticipos. Recursos que llegan con un propósito claro y que, si se mezclan con otras urgencias del negocio, pueden abrir la puerta a conflictos, sanciones y pérdidas de confianza. Nadie se lo había explicado así: no como una falta ética, sino como un riesgo operativo común cuando una empresa crece más rápido que su estructura. Lo mismo ocurrió cuando hablaron de la calidad y del equipo. Claudia siempre había sido cuidadosa con su trabajo, pero no había dimensionado que, incluso después de entregar un proyecto, seguía existiendo una responsabilidad. Que los errores que aparecen con el tiempo, los detalles que no se ven al inicio, también cuentan. Y que las obligaciones laborales (salarios, prestaciones, aportes) no son un tema “interno”, sino un factor que puede afectar directamente la continuidad de un contrato. Nada de esto apareció como una advertencia alarmista. Nadie le dijo “no se meta en licitaciones” ni “esto es demasiado riesgoso”. Al contrario. El mensaje fue claro: los errores más costosos no nacen de la mala intención, sino de la falta de anticipación.


Claudia entendió entonces que muchas empresas no fallan porque no sepan hacer su trabajo, sino porque entran a escenarios más grandes con las mismas herramientas de cuando eran pequeñas. Y que prepararse para una licitación no es solo presentar una buena propuesta técnica o económica, sino entender todo lo que se pone en juego desde el primer paso. A partir de ahí, su forma de decidir cambió. Ya no se preguntaba únicamente si podía ganar una licitación, sino si estaba lista para sostenerla. Si su empresa podía cumplir sin ahogarse. Si tenía claridad sobre los riesgos que asumía, y sobre cuáles podía gestionar con acompañamiento, antes de firmar cualquier documento.


El Soporte normativo: Licitaciones, anticipos y la ley colombiana



En el ámbito de la contratación privada y los proyectos de gran escala, la exigencia de garantías de cumplimiento no surge de una ley de orden público, sino del acuerdo de voluntades y la gestión de riesgos entre las partes. Es una herramienta que el contratante (el cliente privado) utiliza para proteger su inversión y asegurar la calidad y entrega del proyecto.


Los mismos riesgos que afectaron a Claudia (incumplimiento, vicios en la calidad, uso inadecuado de fondos) son mitigados mediante la solicitud de amparos de cumplimiento. Sin embargo, su obligatoriedad, tipos y montos dependen exclusivamente de lo estipulado en el contrato privado o en los pliegos de invitación que presente la entidad contratante.


Específicamente, el riesgo sobre la gestión del dinero entregado por adelantado se cubre con el amparo de Correcto Manejo y/o Inversión del Anticipo. Su función en este contexto es salvaguardar los recursos del cliente, garantizando que el dinero se destine, de manera exclusiva, a la ejecución de las obligaciones contractuales. Entender que esta gestión de fondos es un compromiso contractual y una responsabilidad vigilada mitiga el error de ver el anticipo solo como una "ayuda de caja", como se ilustra en la historia.


Porque asumir un compromiso de gran escala, sea público o privado, no debería ser un salto al vacío, sino una decisión informada. Y porque crecer, cuando se hace con conciencia y garantías, deja de ser una apuesta y se convierte en una estrategia.

 
 
bottom of page