Claudia pensó que la obra había terminado... pero el seguro decía otra cosa
- Sefy Ltda

- 26 mar
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Claudia llevaba meses liderando la adecuación de un centro de distribución para su empresa, un espacio clave para ampliar su operación logística en la ciudad. El proyecto incluía la construcción de una bodega con estructura metálica, zonas de carga y descarga, y adecuaciones internas para almacenamiento y tránsito de mercancía. No fue una obra sencilla, ya que hubo ajustes en planos, cambios de materiales y decisiones que se tomaron sobre la marcha para cumplir con los tiempos de entrega. Aun así, el contratista logró finalizar la obra dentro del cronograma acordado y, tras la inspección final, se firmó el acta de entrega sin observaciones relevantes.
Para Claudia, el proyecto parecía terminado. Durante los primeros meses, la operación funcionó con normalidad, puesto que la bodega se integró a la logística de la empresa, los vehículos entraban y salían constantemente, y el flujo de mercancía aumentó como se había previsto. Nada parecía fuera de lugar hasta que, casi dos años después, comenzaron a aparecer los primeros signos de alerta. Inicialmente, el equipo operativo notó pequeñas grietas en el piso de la zona de carga, a las que no les dio mayor importancia; sin embargo, con el tiempo estas grietas se hicieron más visibles y empezaron a afectar el tránsito de los montacargas. Poco después se detectaron deformaciones leves en una de las áreas de la estructura metálica, específicamente en los puntos de mayor carga.

Lo que parecía un desgaste normal comenzó a generar preocupación, por lo que Claudia solicitó una revisión técnica más detallada. El diagnóstico fue claro: no se trataba de un problema superficial ni de mantenimiento, sino de fallas en la ejecución de la obra, particularmente en el diseño y construcción de la losa y en la distribución de cargas de la estructura, por lo que la estabilidad de la bodega estaba comprometida. La noticia la tomó por sorpresa. La obra había sido entregada, estaba en operación y habían pasado varios meses sin inconvenientes evidentes, por lo que, desde su perspectiva, el contrato ya se había cumplido. Pero no era así, fue en ese momento cuando revisó nuevamente las condiciones del proyecto y entendió algo que no había dimensionado al inicio, el contrato de obra no sólo exigía la entrega del proyecto, también implicaba responder por la estabilidad de la construcción durante un periodo posterior.
Esa obligación no desaparecía con la firma del acta de entrega. El seguro de cumplimiento incluía un amparo específico para este tipo de situaciones, ya que la estabilidad de la obra está cubierta precisamente porque existen fallas que no se manifiestan de inmediato, sino que aparecen con el tiempo y bajo las condiciones reales de operación. Lo que estaba ocurriendo no era un evento aislado, sino un riesgo propio de la construcción que debía ser atendido. El impacto fue inmediato para la empresa, algunas áreas de la bodega tuvieron que restringirse, la operación logística se vio afectada y fue necesario replantear parte del funcionamiento mientras se evaluaban las soluciones. Más allá del costo, lo que estaba en juego era la continuidad de la operación.
Para Claudia, la lección fue clara; en proyectos de obra, cumplir no significa únicamente entregar, significa garantizar que lo construido funcione correctamente incluso después de estar en uso. Por eso, los amparos relacionados con la estabilidad de la obra no son un requisito más dentro de una póliza. Son una herramienta para proteger el proyecto cuando aparecen problemas que no eran visibles al momento de la entrega.
Porque en construcción, el verdadero cumplimiento no termina cuando la obra se entrega. Empieza cuando la obra se pone a prueba.



